Leticia nació en 1867 a orillas del río Amazonas, bautizada San Antonio por los peruanos que la fundaron. El Tratado Salomón-Lozano de 1922 la entregó a Colombia y la convirtió en la puerta de un territorio que hoy comparte frontera con Perú y Brasil en un mismo punto, la triple frontera amazónica. Aquí el río más caudaloso del planeta define cada ritmo, sube y baja según la estación, y con él sube y baja la selva misma.
Los pueblos ticuna, uitoto y cocama habitan la región desde mucho antes de que existiera un mapa que la dividiera. Su conocimiento ancestral señala dónde aparece el delfín rosado al amanecer, qué fruto es comestible en medio de la selva y cómo moverse entre la espesura después de que cae la noche. Ese saber, transmitido de generación en generación, es la verdadera guía de cualquier expedición por este territorio.

De junio a octubre el río baja y aparecen playas de arena blanca y senderos que en otra época quedan cubiertos, ideales para caminatas y avistamiento de fauna terrestre. De noviembre a mayo el río sube e inunda parte de la selva, y las canoas navegan entre los troncos del bosque inundado, un paisaje que solo existe en esta época del año. Cada temporada muestra una cara distinta de la Amazonía, igual de real que la otra.

Antes de que el calor despierte a la selva, salimos en canoa silenciosa por brazos del río donde el delfín rosado sale a respirar. Es un animal esquivo, de piel translúcida y comportamiento imprevisible, así que cada aparición se siente como un hallazgo y no como un espectáculo programado. El silencio del amanecer amazónico, roto solo por el remo en el agua, hace parte de la experiencia tanto como el delfín mismo.
Foto: Lucia Barreiros Silva (Pexels)
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Con la última luz del día, la Amazonía cambia de sonido. Los ruidos diurnos ceden paso al canto de ranas, insectos y aves nocturnas que rara vez se escuchan de día. Guiados por un experto local que reconoce cada sonido y cada par de ojos que brilla entre la maleza, caminamos senderos cortos iluminados apenas por linternas, atentos a arañas, serpientes y mamíferos pequeños. Una forma distinta, y menos conocida, de entender la selva.
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San Martín de Amacayacu es un resguardo ticuna a orillas del río, donde las familias siguen pescando, cultivando yuca brava y tejiendo artesanías con semillas y fibras de la selva tal como lo han hecho por generaciones. Visitamos el resguardo junto a un guía local que pertenece a la comunidad, compartimos una preparación tradicional de casabe y aprendemos, de primera mano, cómo se elabora el fariña a partir de la yuca. Una mirada directa a la vida cotidiana amazónica, construida junto a la propia comunidad.
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El lago Tarapoto, a un corto trayecto en lancha desde Puerto Nariño, es uno de los pocos lugares de Colombia donde crece la Victoria amazónica, la planta acuática de hojas circulares más grande del mundo, capaces de sostener el peso de un niño pequeño. Navegamos entre sus hojas moradas y verdes al atardecer, cuando la luz se filtra entre la selva de várzea y el lago se llena de garzas y, con suerte, delfines grises que también habitan estas aguas.
Foto: Susan Lamoureux (Pexels)
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El Parque Nacional Natural Amacayacu protege selva húmeda tropical sobre la margen del río Amazonas, con senderos interpretativos que revelan árboles centenarios, bejucos gigantes y cientos de especies de aves. Recorremos sus caminos junto a un guía especializado del parque, que conoce cada sonido y cada rastro de un ecosistema que la ciencia todavía no termina de catalogar.
Foto: Parques Nacionales Naturales de Colombia
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Cada mañana, bandadas de guacamayas azuliamarillas y escarlata cruzan el cielo amazónico hacia los aguajales donde se alimentan, con un color y un ruido que se sienten antes de verse. Observamos su paso desde miradores naturales junto a un guía especializado en aves, que identifica cada especie por su vuelo y su canto antes de que se distinga a simple vista. Un ritual diario de la selva que ocurre igual cada amanecer, desde mucho antes de que existiera quien lo mirara.
Foto: Shiwa Yachachin (Pexels)
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Un lodge boutique diseñado por el artista Diego Samper dentro de una reserva natural de 50 hectáreas frente al río Amazonas, con cabañas en palma sobre pilotes que se abren por completo a la selva. Condé Nast Traveller lo incluyó entre los 20 mejores hoteles del mundo. Cada estadía se acompaña de plataformas de observación de fauna y una cocina que mezcla tradición amazónica con toques colombianos, brasileños y peruanos.